Rapsodia I


Por lo general todos ocultarían lo que quiero contar en estos momentos, pues es un tabú un tanto marcado de horror y bastantes prejuicios, para la época, aun había ese “miedo” a lo que no tenía nombre y era llamado blasfemia. Lo sobrenatural  y supernatural, lo que parecía oscuro y que si está en cada noche luego de que todos apagan la luz. Ahora en la actualidad madrugan en sus computadoras, y muchos de los sonidos “del viento” no son más que los pasos que él da por la azotea de las casas. Brincaba como un total saltamontes, y era tan ligero como una hoja seca de algún árbol en invierno. Tan frío como la brisa, y que pueda vivir desde esta época hasta aquí es por una sola razón.

-¿Cuántos años tienes?- pregunté en una ocasión

-hace un año cumplía 24 nuevamente, y eso sucedió durante 80 años elevado al cubo- colocó su dedo sobre mi libretilla de notas –veamos como están tus matemáticas-

-¡Que afán con los acertijos!- me quejé –quizás podría hacerlo mentalmente, aparentas 24, pero ambos sabemos que…- me interrumpió, siseando.

-en las iglesias se guarda silencio- dijo mirando hacia arriba, su sarcasmo era espectacular, y más ante el Cristo que nos dice que solo un ser tuvo vida eterna. No sabía si inflar una mejilla y actuar como una niña tontuela otra vez o alertarme, mis sentidos no eran como los suyos, y si miraba con tanta insistencia alrededor era por una sola cosa. Había peligro.

Comenzó con su monólogo de siempre.

-hazte hacia atrás- dijo en cuanto estábamos ante la eucaristía, todos los utensilios que estaban frente a nosotros sobre la misa ante el enorme Cristo de cerámica. Nos detuvimos a la par y le obedecí.

-Padre nuestro que estás en los cielos…- comenzó a decir con voz apacible, muy a pesar de que era como un ritual de auto destrucción siempre lo recitaba, posiblemente pidiendo perdón por sus pecados y por los pecados del alma que buscábamos para “purificar”.

-Marie, sabemos ambos que a los vampiros no puedes salvarlos, ¿no es así?, las muertes que ocasionaron no se olvidaran porque si, pues hubo muchos niños e inocentes de victimas. No importa si es la guerra, un soldado tiene el perdón de matar a miles de inocentes en nombre de unos cuantos y ser esperado en su ciudad como un héroe siendo el responsable de dejar sin padre a alguien…- estaba ahí frente a la misa, mientras la iglesia continuaba oscura y solitaria. Se volteó hacia el lado derecho con velocidad apuntando con su arma. –Pero un vampiro no mató en nombre de su nación, así que no importa si fue convertido a la fuerza, es un nuevo renacimiento maldito-

Disparó. Abrí mis ojos más de lo normal.

Después de una cortina de humo donde cayó el pequeño proyectil de la bala, salió un hombre de alta estatura y sumamente liviano al parecer, poseía una versatilidad impresionante en movimiento, al irse sobre él, este lo esquivó. Sin embargo, el monstruo lo golpeó lanzándolo sobre un relicario de oro que yacía en una esquina de la misa.

Apreté mis puños y archivé lo que sucedía con suma velocidad en la libretilla. Esa era mi única función y lo único que sabía hacer muy a pesar de todo. En mi cintura colgaban dos sacos de lino embadurnados de agua bendita, en ellos había dardos tranquilizantes por si todo salía mal, pero en un 10 % de las ocasiones sucedía, por ello mi trabajo era el “liviano”.

Se levantó de entre los relicarios lentamente y levantó el arma. Era un arma llamada Parabellum-Pistole, él siempre había tenido afición por las armas, y cada que la limpiaba recitaba su historia, se había hecho famosa desde la primera guerra mundial, y en aquellos instantes estaba muy de moda en la Alemania nazi. Disparó fríamente como si no tuviese pesadillas por ello. Como si fuese un simple y aburrido juego. Se levantó.

-24 de febrero de 1932, en la hora de la misericordia, 3: 00 p. m. El fantasma de Pensilvania ha sido destrozado y ha chispeado de sangre podrida todo el lugar- dijo al salir de entre el humo ocasionado por su pistola –era solo un aprendiz, puede que ni siquiera tenga maestro, se hacía de los niños del catecismo por hambre y  morbo.- bajo su cabeza y su fedora negro ocultó sus ojos detrás de sus rizos –es un ingenuo solamente-

-Firma- le dije acercándome y extendiéndole la libretilla

-¿siempre va a existir necesidad de que firme esto?, te harás vieja esperando que firme un papel- rió firmando con sus letras alargadas y casi ilegibles y fastidiadas –mira, ahí brilla una cana- señaló con un ademán de su cabeza hacia mí

-y a ti ya te sale barba.- cerré la libretilla – será necesario para siempre-

-eso lo dudo- acabó dándose la vuelta –el “para siempre” contigo no cuenta-

Lo seguí entre los pasillos de la iglesia, llegando hacia el lugar donde el sacerdote, un cardenal y varios aprendices de sacerdocio esperaban impacientes. Al llegar ahí se explicó lo que sucedía con el vampiro y que en algunos minutos llegarían para “limpiar”.

El sacerdote nos miraba con recelo, como si fuésemos almas colgantes hacia el mismísimo infierno, y eso pareció molestarle también a mi singular y armado acompañante.

-si resultaba tan incomodo para ustedes el vernos aquí, ¿Por qué nos trajo el cardenal?-

-¡Mil disculpas por ello!- se excusó el cardenal que era un sujeto pelirojo y de unos 35 años. Parecía preocupado y muy asustado, quizás por la presencia de él. –No estamos acostumbrados a lidiar con caza vampiros-

-¿has oído eso Marie? ¡Ha dicho caza vampiros!- rió

-¡Basta Michael!- esa solo podía ser la voz de una sola persona. Me escondí tras él, en cuanto la jefa Magdalena aparecía en la puerta luego de que esta rechinara. El estar entre “adultos” comenzaba a ser una molestia para mí.

-Lo siento.- dijo este, que aunque parecía muy apacible, de seguro le había molestado el tono duro que Magdalena había concebido. Esta se situó frente a nosotros, y acabó de dar las respuestas a los católicos. Hizo “las fronteras” entre ellos y nosotros y nos escoltó hacia la salida, afuera nos esperaba el auto de siempre.

Él, Michael… no había emitido palabra alguna, y el que fuese tan silencioso no era en realidad algo de qué preocuparse, pocas veces hablaba, y sus “ocurrencias” no eran más que hipocresía, era apacible, frío e inexpresivo, cual porcelana dura y vieja, pero preciosa. Nunca supe de donde era y porque estaba ahí para aquella época, solo sabía que era el mejor arma de Magdalena y su organización legendaria.

El auto que mencioné antes era una camioneta parecida a la de las caricaturas de Scooby Doo, solo que esta era gris, y dentro tenía una “mini” sala de investigaciones, en los asientos delanteros siempre iban Michael y Frankie, el y yo éramos los únicos más jóvenes de la organización (él tenía 19 y yo 17), atrás conmigo siempre iba la señorita Magdalena, que me reprendía cada que podía al revisar mi papeleo. Esa tarde no se quejó conmigo, fue directamente hacia mi jefe armado, que iba junto a Frankie: Michael.

-“Hora de la misericordia”- leyó dirigiéndose a él

-es entre las 3:00 y 3: 30 p.m. de cada día, la muerte de nuestro señor Jesucristo frente a los lacayos romanos antes de nuestra…- Magdalena le interrumpió

-“sangre podrida”- dijo esta

-olía a que se descomponía aceleradamente, y tenía gusanos y moscas saliendo de su carne-  respondió este, solo oía su voz, pues donde íbamos sentadas estaba justo detrás y de espaldas del asiento del copiloto y conductor.

-¿un vampiro que se descompone?- respondió la jefa

-más bien un cuerpo mutado hacia vampiro que fue hurtado por un alma-

-¿un demonio?-

-Para nada, los vampiros también tienen la habilidad de que al morir, lograr poseer a otro cuerpo momentáneamente.-

-eso no lo leí en ningún libro.- dijo Magdalena devolviéndome la libretilla

-eso es porque no sale en libro alguno, ¿es para ti normal que un vampiro muerda a un demonio?... por ello dije “mutación”- respondió mi jefe con su típica voz de fastidio y misterio

Magdalena guardó silencio. Miraba hacia un punto fijo en la oscura camioneta que abordábamos, miré hacia arriba, justo detrás de la cabeza de ella, localizando a Michael con su mejilla sobre su mano, que estaba reposada en la puerta del auto, solo veía la parte trasera de su cabeza, con sus risos danzando por la brisa y su sombrero amenazando en caerse. Era negro, Michael adoraba ocultarse en la oscuridad, por ello optaba por ropa negra siempre.

-¿volveremos a nuestro querido hogar en Pittsburgh?- masculló con voz casi agonizante –vamos en dirección contraria- añadió mientras yo bajaba mi cabeza hacia Magdalena

-No, debemos ir a Filadelfia, ahí nos espera Marth, necesita nuestra ayuda.- inquirió Magdalena luego de soltar un largo suspiro. Silencio fue la respuesta.

Me quedé mirando en secreto a la chica que estaba a mi lado, no sabía su edad pero estaba segura que no pasaba de los 24, sin embargo, estaba segura de que ella si era humana, su vivaz presencia lo decía con orgullo, su cabellera era voluminosa y rubia, sus ojos azules eran fácilmente llenados de furia y su piel bronceada hacía brillar más su presencia. Siempre vestía como toda una empresaria, y aun con el peligro de llenarlos de sangre, cargaba sus mejores tacones.

Esa era nuestra jefa, y la “dueña” de Michael.

-¿Cuánto falta para Filadelfia?- oí decir mientras mis ojos dejaban de ver por las pupilas pesadas que insistían en descansar

-una hora  y media si hago más corto el camino- respondió Frankie.




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